un discurso valiente y comprometido

pronunciado por Gervasio Sánchez (UPIFC) en Gernika, el 26·04·2017, coincidiendo con el 80 aniversario del bombardeo de la ciudad por la aviación nazi que arraso el 86% del casco urbano en apoyo de la sublevación fascista del general Franco.

 

Estimado alcalde de Guernica, estimados compañeros premiados, estimadas autoridades, queridas amigas y queridos amigos, queridos compañeros de la prensa.

Es para mí un gran honor recibir un premio que reivindica la paz y la reconciliación. Agradezco al grupo municipal Eusko Abertzaleak haber presentado y defendido mi candidatura. Agradezco a los miembros del jurado haber votado por ella.

Es un honor recibir un premio de estas características en un lugar llamado Gernika-Guernica, que visito por primera vez en mi vida, pero cuyo nombre pulula por mi memoria y  mi conciencia desde que empecé a entender qué significa la guerra hace ya más de tres décadas.

No se puede olvidar que Guernica fue bombardeada durante tres horas y media con centenares de toneladas de explosivos y casi el 86% de su casco urbano fue completamente arrasado. Es emocionante asistir a este acto coincidiendo con el ochenta aniversario de aquel bombardeo que simbolizó y sigue simbolizando la barbarie absoluta.

Es un honor formar parte de una lista de premiados entre los que destacan personalidades a las que admiro profundamente como el gran periodista y gran amigo Manuel Leguineche, un faro permanente durante toda mi vida profesional, fallecido hace tres años; Paco Etxeberría, doctor en ciencias forenses al que he acompañado en diferentes exhumaciones a lo largo del estado español; Carlos Martín Beristain, doctor en psicología social, cuyos libros sobre el drama de los saharauis me ha permitido profundizar en un conflicto que lleva décadas sin resolverse. Ellos tres son mis predecesores en una impresionante lista de premiados.

Me gustaría decirles que las guerras son protagonizadas por monstruos. Si fuera así estaríamos todos salvados y las guerras se extinguirían en pocos meses o años por falta de mano de obra. Porque si yo preguntara aquí: ¿cuántos de ustedes serían capaces de hacer monstruosidades en una guerra tales como asesinar al vecino, violar a la vecina, descuartizar a su siguiente víctima?, estoy seguro de que nadie levantaría la mano.

El problema es que las guerras las protagonizan personas como nosotros. Los que ejecutan, los que señalan o los que miran a otro lado, los que actúan cobardemente, los que esconden los crímenes, los que silencian a los familiares de las víctimas, los que eternizan el conflicto sangriento, se parecen a  nosotros. Son como nosotros y nosotros seríamos como ellos si nuestra sociedad se desmoronase. He conocido a muy pocas personas que prefieran morir antes que matar.

Hace 24 años asistí a un juicio en Sarajevo. Era marzo de 1993. Hacía once meses que había empezado la guerra. El criminal, de 22 años, iba a ser juzgado por matar a una treintena de prisioneros, entre ellos una docena de mujeres y menores previamente violadas. Recuerdo que intenté fotografiar lo que me parecía la representación mayúscula del mal mientras el fiscal desgranaba uno tras otro los crímenes de aquel asesino.

Por mucho que lo intenté, y a pesar de que lo tenía enfrente sentado e inmovilizado, no conseguí mi objetivo. Miento, le arranqué una mirada inquietante. Les aseguro que si me pongo enfrente de cualquiera de ustedes durante tres horas consigo fotografiar esa mirada perturbadora que ustedes mismos rechazarían.

La defensa aportó testimonios de familiares, compañeros de trabajo, amigos de la infancia y juventud. Todos los alegatos iban en la misma dirección. Antes de la guerra, aquel joven nunca había protagonizado un incidente, jamás se había peleado con nadie, no había destacado por nada. Era incapaz de matar a una mosca.

Desde entonces me pregunto, ¿qué hace que un joven sin atributos se convierta en un asesino en serie cuando todo se desmorona? ¿Qué provoca su ansia de sangre y dolor? ¿Por qué la violencia agranda su poder? ¿Dónde yace oculta esa fascinación del ser humano por la violencia?

La guerra no acaba cuando Wikipedia dice. Si la guerra española acabó el 1 de abril de 1939, ¿por qué buscamos todavía a las víctimas enterradas clandestinamente en fosas ilegales? ¿Por qué nos seguimos oponiendo a que nuestros hijos tengan una información veraz sobre lo que ocurrió en nuestra corta y sanguinaria contienda, que duró menos de la mitad de la actual guerra Siria?

Si la guerra de Bosnia-Herzegovina acabó el 14 de diciembre de 1995, ¿por qué sigo asistiendo cada año a enterramientos masivos de las víctimas de aquella guerra? ¿Cuántos años pasarán hasta que finalicen todas las exhumaciones, todas las identificaciones, todas las entregas de los restos de las víctimas a sus familiares?

La guerra no finaliza aunque se entreguen todas las armas. La paz más sobresaliente siempre es imperfecta si la comparamos con la guerra, la cumbre de la perfección, siempre mortífera, siempre sangrienta. Por eso es más difícil hacer la paz que continuar una guerra.

La paz más imperfecta debe reforzar sus cimientos con acciones y decisiones que persigan acabar con las consecuencias del conflicto.

La paz es desmovilizar a los combatientes menores con un serio plan de rehabilitación sin importar su coste económico. La paz es limpiar de minas las veredas, los sembrados, los caminos para asegurar el tránsito de los desplazados y refugiados durante su retorno por muy compleja que sea la orografía del país.

La paz es encontrar a todos los desaparecidos y entregarlos identificados a sus familiares en simbólicas ceremonias de dignificación de las víctimas por mucho que se opongan los asesinos.

La paz es pedir responsabilidades políticas y jurídicas a las personas que han participado en la ejecución de crímenes de guerras y no olvidar que se puede ser culpable por acción o por omisión. La paz es oponerse al sobreseimiento de los crímenes de lesa humanidad.

La paz es impedir que se escondan las responsabilidades en el baúl del olvido aunque afecten a las más altas autoridades de un país. La paz es, en definitiva, memoria, verdad y justicia. Repito con mayúsculas: MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA.

Quiero acabar dedicando este premio a Mónica Paola Ardila Jerez. El 21 de febrero de 2003, a la una de la tarde, la pequeña de siete años recién cumplidos, regresaba del colegio junto a su padre en La Vereda Taracue, municipio San Pablo (departamento del Sur de Bolívar) en la bellísima Colombia.

“Papá voy a orinar”, gritó la pequeña antes de salirse del camino. Uno de sus pies quedó enredado en unas raíces, perdió el equilibrio e intentó apoyarse en una rama para evitar la caída. Una mina colocada y abandonada por un guerrillero, un paramilitar o un soldado regular explotó al leve contacto e hizo volar por los aires a Mónica. “Trataba de abrir los ojos, pero me ardían. Es como si se me hubiesen llenado de tierra”, recordaba la niña unos meses después

Su padre la recogió en brazos y la llevó a un hospital de primeros auxilios. La situación crítica en que llegó obligó a trasladarla a un hospital departamental. Mónica perdió la visión en ambos ojos y sufrió la amputación de su mano derecha y de dos falanges de la izquierda. Su cuerpecito quedó inundado de esquirlas. Muchos años después de la explosión diminutos trozos de metal se le desprendían de su cara cuando se rascaba. Al principio Mónica no levantaba la cara de la cama porque no quería que la viesen sin ojos. Después comenzó a asistir a clases de braille con un profesor particular.

Su vida hasta hoy ha sido una concatenación de situaciones y hechos injustos que han convertido su existencia en un gran drama. La desatención del estado, incapaz de proteger a sus víctimas, la deshumanización de un sistema judicial que tarda décadas en dar cobertura legal a las personas más humildes, la desintegración de su propia familia, la falta de oportunidades y la irremediable trascendencia del paso del tiempo han provocado que Monica Paola haya llegado a la edad adulta, ya a sus 21 años, al borde de la inanición desprovista de voluntad para seguir viviendo y acudiendo a menudo al suicidio como el camino más rápido para poner fin al sufrimiento.

La paz es también proteger a los seres más indefensos. La paz es custodiar los derechos inalienables de las personas heridas. La paz es dignificar a las víctimas.

Muchas gracias, buenos días

Eskerrikasko, egunon

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GERVASIO SÁNCHEZ  (Còrdoba, 1959) es periodista.

Licenciado en 1984 en la rama de Periodismo de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona, ha trabajado desde entonces como periodista independiente para diferentes diarios y revistas, especializándose en conflictos armados.

Reside en la ciudad de Zaragoza desde la década de los ochenta, y está afiliado al Sindicat de la Imatge UPIFC desde el 01·04·1998 con carnet de prensa nº 9804141

Desde 1984 hasta 1992 cubrió la mayor parte de los conflictos armados habidos en América Latina.

Desde 1988 mantiene una estrecha relación con “HERALDO DE ARAGON”.  Ha trabajado como enviado especial de este diario aragonés tanto en la guerra del Golfo como en los distintos conflictos armados en la antigua Yugoslavia, África, Asia y América Latina.  También  colabora con la Cadena SER, con el servicio español de la BBC desde 1994 y con la sección internacional y el Magazine de LA VANGUARDIA.

En diciembre de 1994 apareció su libro fotográfico «El Cerco de Sarajevo», resumen de su trabajo en la sitiada capital bosnia entre junio de 1992 y marzo de 1994.

En octubre de 1995 inició un nuevo proyecto fotográfico llamado “Vidas Minadas sobre el impacto de las minas antipersonas sobre las poblaciones civiles en los países más minados del mundo, entre ellos Afganistán, Angola y Camboya, que concluyó en noviembre de 1997 con un libro y una exposición. Este proyecto fue organizado por las organizaciones humanitarias no gubernamentales Manos Unidas, Médicos Sin Fronteras e Intermón.

En noviembre de 1999, publicó su libro fotográfico “Kosovo, crónica de la deportación” (Blume) y en febrero de 2000, “Niños de la Guerra”, que resume su trabajo en la última década del siglo XX en más de una quincena de conflictos armados.

En Mayo de 2001 publicó el libro “La Caravana de la Muerte.  Las víctimas de Pinochet” (Blume).

En diciembre de 2002 publicó “Cinco años después. Vidas Minadas” (Blume)

Durante los años 2000 y 2001 coordinó junto a Manuel Leguineche el libro “Los ojos de la guerra” (Homenaje a Miguel Gil), editado en noviembre de 2001 por Plaza y Janés.

En octubre de 2004 publicó “Latidos del Tiempo” junto al escultor y artista plástico Ricardo Calero,  un libro catálogo de la exposición del mismo nombre organizada por los Ayuntamientos de Zaragoza y Sevilla.

En noviembre de 2004 publicó el libro literario “Salvar a los niños soldados” en la Editorial Debate, la historia del misionero Chema Caballero en Sierra Leona, director de un programa de rehabilitación de ex combatientes infantiles.

En noviembre de 2005 publicó el libro fotográfico “Sierra Leona. Guerra y Paz” (Blume).

En noviembre de 2007 publicó el libro fotográfico “Vidas Minadas, 10 años” (Blume)

En enero de 2009 publicó el libro fotográfico “Sarajevo, 1992-2008” (Blume)

En enero de 2011 publicó Desaparecidos (Blume), una recopilación en dos libros y un DVD de imágenes sobre el drama de los desaparecidos.

En marzo de 2012 publicó Antología (Blume), recopilación de 25 años de fotografías tomadas en una veintena de conflictos armados”.

En diciembre de 2012 publicó “7 Discursos y un asunto pendiente (Gervasio Sánchez 2003-2012)” en L’AGENDA de la Imatge nº 62 1/2012, publicación del Sindicat de la Imatge UPIFC.

 

Premios y nombramientos:

La Asociación de la Prensa de Aragón le otorgó por unanimidad en 1993 el Premio al Mejor Periodista del Año por su cobertura de la guerra de Bosnia.

El Club Internacional de Prensa de Madrid le concedió en 1994 el Premio al Mejor Trabajo Gráfico del Año por la cobertura de la guerra de Bosnia.

En 1995 le fue concedido el Premio de Andalucía de Cultura en su modalidad de Fotografía. El jurado destacó en el acta su «visión generosa y humanitaria, comprometida con el máximo rigor periodístico, ejemplo del nuevo periodismo que debe de impulsar a la futuras generaciones de fotógrafos».

En junio de 1996 le fue concedido el Premio Cirilo Rodríguez, el más prestigioso del Estado español para periodistas que ejercen su labor en el extranjero como enviados especiales o corresponsales permanentes.

En diciembre de 1997, la Asociación Pro Derechos Humanos de España le concedió el Premio de Derechos Humanos de Periodismo por su libro «Vidas minadas» y su trayectoria profesional.

El Ayuntamiento de Zaragoza acordó en septiembre de 1998 concederle el título de «Hijo Adoptivo» en «reconocimiento a los excepcionales méritos contraídos en el ejercicio de su actividad como fotógrafo en la que ha destacado por su sensibilidad social y su denuncia de los horrores de la guerra».

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura le nombró “Enviado Especial de la UNESCO por la Paz”, durante la celebración del 50 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en diciembre de 1998, por «el extraordinario testimonio que ofrece mediante la fotografía del calvario que padecen las víctimas de las minas antipersonas y por su infatigable promoción de una cultura de la paz al sensibilizar a la opinión pública mundial sobre la necesidad de proscribir estas armas y de ayudar a los mutilados a reinsertarse en la vida cotidiana».

En julio de 2001, la Diputación Provincial de Zaragoza le concedió la Medalla de Oro de Santa Isabel de Portugal por “su trayectoria periodística y su compromiso a favor de la víctimas de la guerra”.

En abril de 2004, el Gobierno de Aragón le entregó la Medalla al Mérito Profesional como “reconocimiento a sus meritorios trabajos como fotógrafo y periodista especializado en conflictos internacionales que le convierten en los ojos y la conciencia de la opinión pública”. Además, “como testigo de este convulso siglo XXI representa la cultura, el riesgo y el compromiso de los corresponsales de guerra al servicio de la verdad”.

En noviembre de 2005, recibió el Premio LiberPress en reconocimiento a su labor “en favor de la libertad de prensa y la denuncia de las injusticias”.

En enero de 2006 fue galardonado con el Premio Javier Bueno otorgado por la Asociación de la Prensa de Madrid.

En abril de 2008 se le concedió el Premio Ortega y Gasset de Fotografía por la fotografía Sofia y Alia publicada en Heraldo de Aragón y el Magazine de La Vanguardia. El jurado reconoció “la calidad de una imagen que ha sabido reflejar con fuerza expresiva la fragilidad e indefensión de las personas sometidas a la arbitrariedad y brutalidad de los conflictos bélicos”

En enero de 2009 recibió el Premio Internacional Rey de España por una instantánea de la serie “Vidas Minadas, 10 años” sobre el drama que sufren las víctimas de las minas. El jurado reconoció “el compromiso social” de quien ha convertido este tema “en una causa personal”.

En marzo de 2009 recibió el primer Premio Proyecto Hombre a la Solidaridad.

En mayo de 2009 recibió el Premio Libertad de Expresión que otorga la Unió de Periodistes Valencians (UPV).

En junio de 2009 la Asociación de la Prensa de Córdoba le concedió el Premio Córdoba de Periodismo por “la calidad y trascendencia periodística de sus trabajos y por su denuncia de la violencia”.

En octubre de 2009, el Consejo General de la Abogacía española le concedió el Premio Derechos Humanos en la categoría de medios de comunicación.

En noviembre de 2009 recibió el Premio Nacional de Fotografía por unanimidad. El jurado valoró “su continuada labor a favor de la justicia y especialmente por su trabajo sobre las minas antipersona” y reconoció “su aportación a la fotografía de reportaje y cómo a través de ella se dignifica a las víctimas fotografiadas, con una mirada particular que enaltece los mejores valores del fotoperiodismo”.

En febrero de 2010 recibió el Premio Humanitario de la Asociación de Corresponsales de Prensa Extranjera.

En junio de 2010 recibió el Premio Mirada Social en la Muestra Internacional de Cine y Derechos Humanos,  junto a los documentalistas Lluís Jené y Oriol Gispert autores del documental Vidas Minadas basado en el proyecto fotográfico de mismo nombre.

En abril de 2011 recibió el Premio Internacional Julio Anguita Parrado por “su independencia, su excelencia periodística y por ser capaz de mantener una clara conciencia cívica y un permanente compromiso cívico”. El jurado también quiso “reconocer en su figura el valor del trabajo de los reporteros gráficos”.

En mayo de 2011 recibió la Gran Cruz de la Orden Civil de la Solidaridad Social, condecoración aprobada por el Consejo de Ministros en un Real Decreto.

En septiembre de 2012 recibió el Premio Save The Children.

En mayo de 2013 recibió el Premio Libertad de Prensa de la Cátedra UNESCO de Comunicación de la Universidad de Málaga (UMA)

En abril de 2017 recibió el Premio Gernika a la Paz y a la Reconciliación, otorgado por el Ayuntamiento de Gernika.